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Educar con valores y sin violencia

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Anoche llegué a mi casa para encontrarme con una circular de la escuelita de Martín, que se titulaba –palabras más o menos- “Educar con valores y sin violencia”. Ajá. Esos cuentos ya me los sé. Es más, yo ya he escrito sobre eso… otras mamás bloggueras ya han escrito sobre eso… páginas de crianza hacen mucho énfasis en ello… con las amigas se habla sobre eso… es muy fácil dar a otros consejos de educación.

La idea básicamente es educar con límites, pero al mismo tiempo con amor. Otra vez: se dice fácil, pero es de las cosas más difíciles con las que me he enfrentado en mis retos de ser mamá.

Hablando de valores, uno como papá o mamá suponemos que siendo “buenas personas” nuestros hijos aprenderán por ósmosis sobre la honestidad, la justicia, el respeto a los demás. Y puede ser que así sea, pero creo que sólo en parte. Hay que ser congruente y consistente en nuestras acciones pero también hay que hablar de los valores que nos interesa que ellos adquieran, explicarles por qué es importante interiorizarlos y promoverlos.

A la hora de ser papás, educar con el ejemplo es importante y puede resultar un gran aprendizaje sobre nosotros mismos y sobre como nos relacionamos realmente con el mundo. Si constantemente crees que tienes que limitar el uso de malas palabras enfrente de tus hijos, piensa que llevas años hablando así, con poco respeto. Es sólo un ejemplo, pero me parece revelador.

Por otro lado, disciplinar a los hijos también supone el reto de hacerlo sin violencia. Creo que nosotros todavía somos hijos de una generación donde “una nalgada a tiempo” salvaba de muchos problemas. A casi todos nos tocó y podríamos pensar que a pesar de todo “salimos bien”. Pero cuidado, la manera en la que ponemos límites y aplicamos medidas de disciplina sí les transmitirá una primera idea de cómo resolver el conflicto o los desacuerdos: con violencia o sin ella. Y créanme, todos los fines de semana hay momentos en los que, literal, me dan ganas de darle dos gritos, una nalgada y encerrarlo en su cuarto a que piense por qué hace tantos berrinches… ¡hasta parece que tuviera dos años! Y sí. Los tiene.

Yo no voy a negar las muchas, muchas veces que he perdido la paciencia. Nunca le he pegado, pero confieso con dolor en mi corazón que hay situaciones que me rebasan, que no soy la mamá perfecta que siempre quiero ser, que mi paciencia tiene un límite muy claro. Eso me hace humana y me hace poder ver esos errores o momentos de desesperación para que la siguiente vez, pueda al menos, intentar reaccionar con más paciencia.

Hablarle firme pero desde el amor, no desde la desesperación y el coraje de que las cosas no son como yo quiero en ese momento.

Así que al final, la circular de valores y educación con amor no cayó en saco roto. No está de más recordar todos los días que en nuestras manos tenemos la difícil tarea de criar un ser humano que pueda desarrollar todas sus capacidades y ser feliz. Y, últimadamente esto, al vivir en sociedad, tiene que ver precisamente con valores y límites que hagan de nuestros hijos mejores personas. No lo demos por hecho.

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Artemisa Padilla

Mamá

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Criar un hijo implica ser congruente con nuestros principios para acompañarlo, con todo nuestro amor, en la construcción de su propio ser.

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